miércoles, 20 de julio de 2011

La Hora Final.




LA HORA FINAL

 Pompeyo Márquez

Marx encontró una bella metáfora para referirse a ese proceso sociopolítico, cultural y económico que va tejiendo nuevos escenarios históricos casi siempre a redropelo de la voluntad de los hombres y a veces, incluso, contra su expresa voluntad. Engañando a tirios y troyanos y usando los más equívocos, falsos y trastornados mensajeros. Lo llamó “el viejo topo”. Y al trabajo que realiza en el subsuelo de la conciencia colectiva hasta derrumbar todas las falsas certidumbres para permitir el nacimiento de una nueva sociedad lo llamó “su trabajo de zapa”.
Súbitamente y de la manera más insólita, pues nadie se lo había siquiera imaginado, el viejo topo hace su trabajo de zapa bajo el resquebrajado cuero seco de esta Venezuela petrolera.
Y para terminar de derrumbar el tinglado fantasmagórico de esta sedicente revolución bolivariana y permitir que emerja del trajinado subsuelo de nuestra sociedad la nueva sociedad moderna y globalizada que exigen las circunstancias, se sirve del falso mensajero: un teniente coronel con aspiraciones de eternidad al que el destino, en una siniestra jugarreta, le desemboza de un solo tajo la dolorosa fragilidad de su existencia. La historia lo pilla en offside: fuera de juego. Con su revolución en el cartapacio.
Pertenezco a aquellos que creyeron que Hugo Chávez, en esta particular circunstancia,  se desempeñaba en el rol de lo que Molière llamara “le malade imaginaire”, el enfermo imaginario. Bajo la mise en scène de Fidel Castro y la producción estelar del G2 cubano.
En un operativo que llamé “misión resurrección”. Consistente, tal como lo ha hecho el mayor de los Castro, en desaparecer de la faz del planeta, provocar conmoción pública y reaparecer al filo de la desesperación colectiva para ser recibido en gloria y majestad como el hijo pródigo, ya al borde de la histeria. Tiempo suficiente, además, para volver a empaquetar la mercadería: un lifting, una cirugía estética, un new look para ver si engañaba a Cronos, el Dios del tiempo, el implacable. Ha sido el recurso con el que su íntimo amigo y compañero de aventuras Muammar Gadaffi ha refrescado su imagen, hasta ahora, cuando los dioses del desierto le vuelven la espalda.
La realidad parece desmentirme. La realización de la asamblea cumbre de la organización (el CELAC) con que el segundo de Fidel Castro imagina el futuro sin la OEA, pautada para el 4 y 5 de julio en la isla de Margarita, jugada maestra de los bolivarianos y del lulista Foro de Sao Paulo con la que pretenden desbancar a los Estados Unidos y al Canadá del tablero político latinoamericano, fue cancelada el 29 de junio. La razón clama a los cielos: Chávez está enfermo. Y no de cualquier minucia propia de personajes estresados - empresarios, artistas, periodistas, políticos derrotados y jugadores de bolsa - tales como una gastritis, colon irritable, mareos súbitos, torsiones musculares, obesidad y desmayos causados por la acumulación de acosos existenciales. De ninguna manera. Chávez padece de cáncer. Por ahora, según se deduce de las informaciones que traspasan el muro del secretismo propio de regímenes totalitarios han llegado a los medios nacionales e internacionales, no padece de un cáncer terminal y devastador, como los que suelen llevarse a los simples mortales en pocos días con la silbante ráfaga de un guadañazo. Pero no nos llamemos a engaño: un cáncer es un cáncer. No existe cáncer benigno, como esos malestares que se guardan en el portafolios y nos sorprenden el día de mañana llegando a la oficina. Una acidez pertinaz e insoportable después de días de alcohol, sexo y fatiga.
Nadie ha dicho que el cáncer de Chávez, supuestamente de próstata con algún nivel de metástasis en otros órganos vecinos – se habla del hígado y del páncreas, incluso de sus huesos -, se lo llevará al otro mundo de un día al otro. Conozco a muchos que han sobrevivido años y años con un cáncer, de los aviesos y traidores.
Pero al día de hoy debemos reconocer que casi todos quienes sufren de cáncer se invalidan para las grandes aventuras psíquicas, físicas y corporales a las que se sentían llamados. En la inefable pantalla espiritual de sus vidas se asoma la persistente, la tenaz, la aviesa sombra de la más antigua, más amarga y más extenuante de las certidumbres: 
la inmediatez inevitable de la muerte. En esos casos, ese tenue velo de la eternidad con el que convivimos en la sana inconsciencia cotidiana, se rasga como con un relámpago. Murieron las ilusiones.
Esto le sucede, además, en el peor y más angustioso de los momentos del proyecto que ha convertido en esencia de su vida desde sus tempranos días en la Academia Militar. Le sucede cuando la revolución bolivariana se derrumba en pedazos sin haber dejado a su paso una sola institución, una sola obra, una sola realidad imperecedera.
Como suele suceder con regímenes autocráticos sustentados en atributos absolutamente personales y azarosos del autócrata, la única que pudo sobrevivirle, la Constitución, ha sido envilecida, atropellada y ultrajada por sus mismos creadores.
En un país que siente animadversión congénita por el orden constitucional y se lo ha pasado pergeñando constituciones – ya van 27, mientras Estados Unidos tiene una con enmiendas e Inglaterra simplemente carece de ella  - difícilmente le sobrevivirá más de algunos meses. La asamblea nacional – escrito en minúsculas dada su bajeza - es infinitamente más venal, corrupta y despreciable que todas las que la precedieran en estos 200 años de vida legislativa. Incluso la de Cipriano Castro, sobre la que Rómulo Gallegos escupiera su juvenil y corajudo desprecio hace más de un siglo. Y el partido que se sacó de la manga en medio del aluvión social que lo arrastrara al Poder, el PSUV, se volverá escenario de una guerra a dentelladas por la herencia de los despojos.

En suma: estos trece años de despilfarro, desorden, odios, enfrentamientos y esperanzas yacen por los suelos. Tanto, que uno de sus más importantes artífices, el teniente Diosdado Cabello,  se ve en la obligación de señalar que sin Chávez, no queda, no quedaría, no quedará absolutamente nada. Como exclama el croupier cuando detiene las apuestas: fin de partie. Para comprender la magnitud de la confesión me imagino un solo escenario: ¿Stalin exclamando que sin Lenin se acabó la revolución bolchevique? Imposible.
Aún así, haberse mantenido firmemente montado sobre el alebrestado cimarrón que lo respalda no es poco para un ágrafo teniente coronel al que en la academia militar menospreciaban apodándolo “el loco Chávez”.  Haber enfebrecido a un pueblo rebajado a pasto de sus ambiciones ha sido una proeza que pasará a la historia. Como también pasará el hecho insólito y condenable de no dejarle un techo, un pan, un abrigo a pesar de haber contado en una década con la mayor fortuna jamás conocida en la historia de Venezuela. Ni siquiera le deja una auténtica Nación en la que cobijarse. Sólo un recuerdo difuso que el viento irá esparciendo en el olvido como el sueño de una larga, interminable, pesadillesca noche de verano. Pues todo lo que sobrevive en instituciones, en infraestructura, en desarrollo económico, cultural y social ha sido obra de los cuarenta años que lo precedieron, y que el más feroz de los embates no ha podido terminar por destruir.
Es esencial que la oposicion lo comprendan y se preparen a actuar en concordancia: Venezuela, desde el 10 de junio de 2011, día en que se le operara en La Habana de un absceso pélvico, aparentemente producto de una prostatectomía, ya es otro país. Chávez no está muerto ni posiblemente lo estará en muchos años. Le ha sucedido algo peor, porque es menos glorioso: se nos ha vuelto súbitamente inútil, obsoleto, temeroso, frágil y quebradizo. Ya es tarde para parapetar de urgencia una nueva realidad pariendo de la noche a la mañana una revolución armada, socialista, bolchevique, heroica e impoluta como la que naciera en la Sierra Maestra y muriese a poco andar de un brutal totalitarismo caudillesco y autocrático. Tal como lo pretende Adán Chávez, patética y lamentable parodia de Raúl Castro, el comunista de la familia. Nunca segundas partes fueron buenas. La oposición debe descifrar las claves de este nuevo país.
Y observar con atención el estado de excepción que se agudiza tras este providencial suceso. Un atentado del destino ha fracturado las bases del Poder caudillesco que sostenía la farsa revolucionaria. Desde luego, y visto en la perspectiva del Poder y la Historia, no se trata de mantener la ficción electoral sometiéndola al estrés del apuro y la precipitación. Se trata del aprehender y comprender en toda su magnitud el momento crucial que vivimos, el Kairós (καιρός) que llamaban los griegos: ese instante único e irrepetible por el que se nos cuela lo nuevo, lo inédito en la historia. El problema, así como el desafío, son trascendentales. Se trata de asumir la responsabilidad del Poder y asegurarle a la Nación el futuro cuyos portones acaban de ser abiertos por el viejo topo. Lenin exigió en sus tesis de abril de 1917, cuando la parodia democrático burguesa intentaba gatear, “todo el poder a los soviets”.
Llegó la hora de exigir “todo el Poder a la Democracia” y proceder de inmediato al delicado montaje de la transición a la nueva Venezuela.
Dios quiera que sea por medios electorales. Y que el fantasma del golpe de Estado que estará rondando las cabezas de los más afiebrados de entre los huérfanos de Chávez, última ratio de una revolución que se desbarranca, sea impedido por la sensatez de nuestras élites civiles y uniformadas. La Patria lo demanda. La decisión está en nuestras manos.

¡POR UNA VENEZUELA LIBRE Y SOBERANA!

NADA TE TURBE, NADA TE ESPANTE
TODO SE PASA, DIOS NO SE MUDA
LA PACIENCIA TODO LO ALCANZA
QUIEN A DIOS TIENE, NADA LE FALTA
¡SÓLO DIOS BASTA!!!
MI VENEZUELA

domingo, 26 de junio de 2011



Quienes tengan interés en conocer mejor la Venezuela que hoy vivimos, he seleccionado dos  relatos de "GOG", “La compara de la Republica” y “Visita a Ford”, la novela completa la pueden obtener de de forma gratuita en http://www.ciudadseva.com/textos/novela/gog.htm



LA COMPRA DE LA REPÚBLICA
Nueva York, 22 marzo
Este mes he comprado una República. Capricho costoso y que no tendrá imitadores. Era un deseo que tenía desde hacía mucho tiempo y he querido librarme de él. Me imaginaba que el ser dueño de un país daba más gusto.
La ocasión era buena y el asunto quedó arreglado en pocos días. El presidente tenía el agua hasta el cuello: su ministerio, compuesto de clientes suyos, era un peligro. Las cajas de la República estaban vacías; crear nuevos impuestos hubiera sido la señal del derrumbamiento de todo el clan que se hallaba en el poder, tal vez de una revolución. Había ya un general que armaba bandas de regulares y prometía cargos y empleos al primero que llegaba.
Un agente americano que se hallaba en el lugar me avisó. El ministro de Hacienda corrió a Nueva York: en cuatro días nos pusimos de acuerdo. Anticipé algunos millones de dólares a la República, y además asigné al presidente, a todos los ministros y a sus secretarios unos emolumentos dobles de aquellos que recibían del Estado. Me han dado en garantía -sin que el pueblo lo sepa- las aduanas y los monopolios. Además, el presidente y los ministros han firmado un covenant secreto que me concede prácticamente el control sobre la vida de la República. Aunque yo parezca, cuando voy allí, un simple huésped de paso, soy, en realidad, el dueño casi absoluto del país. En estos días he tenido que dar una subvención, bastante crecida, para la renovación del material del ejército, y me he asegurado, en cambio, nuevos privilegios.
El espectáculo, para mí, es bastante divertido. Las Cámaras continúan legislando, en apariencia libremente. Los ciudadanos continúan imaginándose que la República es autónoma e independiente y que de su voluntad depende el curso de las cosas. No saben que todo cuanto se imaginan poseer -vida, bienes, derechos civiles- depende en última instancia de un extranjero desconocido para ellos, es decir, de mí.
Mañana puedo ordenar la clausura del Parlamento, una reforma de la Constitución, el aumento de las tarifas de aduanas, la expulsión de los inmigrados. Podría, si me pluguiese, revelar los acuerdos secretos de la camarilla ahora dominante y derribar así al Gobierno, obligar al país que tengo bajo mi mano a declarar la guerra a una de las Repúblicas colindantes. Esta potencia oculta e ilimitada me ha hecho pasar algunas horas agradables. Sufrir todos los fastidios y la servidumbre de la comedia política es una fatiga bestial; pero ser el titiritero que detrás del telón puede solazarse tirando de los hilos de los fantoches obedientes a su movimiento, es una voluptuosidad única. Mi desprecio de los hombres encuentra un sabroso alimento y mil confirmaciones.
Yo no soy más que el rey incógnito de una pequeña República en desorden, pero la facilidad con que he conseguido dominarla y el evidente interés de todos los iniciados en conservar el secreto, me hace pensar que otras naciones, y tal vez más vastas e importantes que mi República, viven, sin darse cuenta, bajo una dependencia análoga de soberanos extranjeros. Siendo necesario más dinero para su adquisición, se tratará, en vez de un solo dueño, como en mi caso, de un trust, de un sindicato de negocios, de un grupo restringido de capitalistas o de banqueros.
Pero tengo fundadas sospechas de que otros países son gobernados por pequeños comités de reyes invisibles, conocidos solamente por sus hombres de confianza, que continúan recitando con naturalidad el papel de jefes legítimos.
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VISITA A FORD
Detroit (Mich.) 11 mayo
Había ya encontrado tres o cuatro veces al viejo Ford (Henry) en los tiempos en que me ocupaba de negocios, pero esta vez he querido hacerle una visita personal y «desinteresada».
Le he encontrado fresco de aspecto y de buen humor, dispuesto por consiguiente a hablar y expansionarse.
Usted sabe -me ha dicho- que no se trata de desarrollar una industria, sino de realizar un vasto experimento intelectual y político. Nadie ha comprendido bien los místicos principios de mi actividad. Sin embargo, no pueden ser más sencillos: se reducen al Menos Cuatro y al Más Cuatro y a sus relaciones. El Menos Cuatro son: disminución proporcional de los operarios; disminución del tiempo para la fabricación de cada unidad vendible; disminución de «tipos» de los objetos fabricados; y, finalmente, disminución progresiva de los precios de venta.
»El Más Cuatro, relacionado íntimamente con el Menos Cuatro, son: aumento de las máquinas de los aparatos, con objeto de reducir la mano de obra; aumento indefinido de la producción diaria y anual; aumento de la perfección mecánica de los productos; aumento de los jornales y de los sueldos.
»A un espíritu superficial y anticuado estos ocho objetivos pueden aparecer como contradictorios entre sí, pero usted, hombre práctico, podrá comprender su perfecta armonía. Aumentar la cantidad y el rendimiento de las máquinas significa poder disminuir el número de operarios; reducir el tiempo necesario para la fabricación de un objeto quiere decir producir mucho más durante el día; disminuir el número de los "tipos", obligando a los consumidores a renunciar a sus gustos individuales, tiene como consecuencia un aumento de la producción y una reducción de los precios de coste; y, finalmente, disminuyendo los precios y aumentando los salarios, se aumenta el número de aquellos que tienen posibilidad de comprar y su capacidad de adquirir, con lo que se puede aumentar la producción sin peligros. Si los automóviles son caros y mis dependientes ganan poco, muy pocos podrán comprarlos. Pague usted mucho y venda a bajo precio y todos se convertirán en sus clientes. El secreto para enriquecerse es ganar como si se fuese pródigo y vender como si se estuviese en vísperas de quiebra. Esta paradoja, que asusta a los tímidos, es el secreto de mi fortuna.
»Volviendo a mis ocho principios, es fácil deducir que el ideal máximo sería el siguiente: Fabricar sin ningún operario un número cada vez mayor de objetos que no cuesten casi nada. Reconozco que serán precisas todavía algunas decenas de años antes de que se consiga este ideal. Soy un utopista, pero no un loco. Me voy, sin embargo, preparando para ese día. Estoy construyendo en Detroit una nueva fábrica que llevará por nombre "La Solitaria". Una verdadera alhaja, un sueño, un milagro: la fábrica donde no habrá nadie. Cuando esté terminada y hayan sido montadas las máquinas del más reciente modelo, y en parte absolutamente nuevas, que se están preparando, no habrá necesidad de obreros. De cuando en cuando un ingeniero hará una breve visita a "La Solitaria", pondrá en movimiento algunos engranajes y se marchará. Las máquinas lo harán todo por sí solas y trabajarán no únicamente durante el día, como hacen ahora los hombres, sino también toda la noche, y aun los domingos, pues ninguna ley de Michigan prohibe el trabajo de los motores y de los tornos en días de fiesta. Un tren eléctrico llevará automáticamente a los depósitos los miles de automóviles y los miles de aeroplanos producidos por "La Solitaria". Dentro de veinte años, todas mis fábricas serán iguales y podré lanzar al mercado millones de aparatos al mes con sólo la ayuda de algunas docenas de técnicos, de mozos de almacén y de contadores.
La idea es genial -manifesté- y el sistema sería excelente, si no hubiese una dificultad. ¿Quién comprará esos millones de automóviles, de tractores y de aeroplanos? Si usted suprime la mano de obra reduce también el número de compradores.
Una sonrisa iluminó el bello rostro de viejo juvenil de Ford.
Ya he pensado también en eso -respondió-. Produciré tantas máquinas y a precios tan modestos, que a ningún otro industrial del mundo le tendrá cuenta fabricar lo que yo fabrique. Mis fábricas surtirán por eso a los cinco continentes. En muchas partes del mundo eI automóvil y el aeroplano no son todavía de uso general. Con la potencia de la publicidad y del control bancario obligaremos a todos los pueblos a usarlos. Mis mercados son prácticamente ilimitados.
Pero, perdone; si sus métodos anulan, en gran parte, la industria de otros países, ¿de dónde sacarán éstos el dinero necesario para comprar sus máquinas?
No hay que tener miedo -repuso Ford-. Los clientes extranjeros pagarán con los objetos producidos por sus padres y que nosotros no podemos fabricar; cuadros, estatuas, joyas, tapices, libros y muebles antiguos, reliquias históricas, manuscritos y autógrafos. Todo cosas «únicas» que no podemos reproducir con nuestras máquinas. En Asia y Europa existen todavía colecciones privadas y públicas llenas hasta rebosar de estos tesoros que no se pueden imitar, acumulados durante sesenta siglos de civilización. Entre los europeos y entre los asiáticos aumenta cada día la manía de poseer los aparatos mecánicos más modernos y disminuye al mismo tiempo el amor hacia los restos de la vieja cultura. Llegará pronto el momento en que se verán obligados a ceder sus Rembrandt y Rafael, sus Velázquez y Holbein, las biblias de Maguncia y los códices de Romero, y los joyeles de CeIlini y las estatuas de Fidias para obtener de nosotros algunos millones de coches y de motores. Y de ese modo, el almacén retrospectivo de la civilización universal deberán venir a buscarlo a los Estados Unidos, con gran ventaja, por otra parte, para las industrias del turismo.
Además, mis precios, como consecuencia de la reducción del coste, serán de tal modo bajos que hasta los pueblos más pobres podrán comprar mis aeroplanos de deporte y mis automóviles de familia. Yo no busco, como usted sabe, la riqueza. Solamente los pequeños industriales atrasados se proponen como fin el ganar dinero. ¿Qué quiere usted que yo haga con los millones? Si vienen no es culpa mía, sino el resultado involuntario de mi sistema altruista y filantrópico. Personalmente vivo como un asceta: tres dólares al día me bastan para alimentarme y vestirme. Soy el místico desinteresado de la producción y la venta: las ganancias excesivas me fastidian y no aprovechan más que al Fisco. Mi ambición es científica y humanitaria; es la religión del movimiento sin reposo, de la producción sin límites, de la máquina libertadora y dominadora. Cuando todos puedan poseer un aeroplano y trabajar una hora al día, entonces yo figuraré entre los profetas del mundo y los hombres me adorarán como un auténtico redentor. Y ahora, viejo Gog, ¿un drink? ¿Es cierto que pertenece usted secretamente a los «húmedos», o le han calumniado?
No había bebido nunca un whisky tan perfecto y no había hablado nunca con un hombre tan profundo. No olvidaré fácilmente esta visita en Detroit.

viernes, 10 de junio de 2011

Bofetada educadísima de Brasil al mundo



DECLARACIONES DE CHICO BUARQUE
MINISTRO DE EDUCACIÓN DE BRASIL.
Durante un debate en una universidad de Estados Unidos, le
preguntaron al ex gobernador del Distrito Federal y actual
Ministro de Educación de Brasil, CRISTOVÃO CHICO
BUARQUE, qué pensaba sobre la internacionalización de la
Amazonia. Un estadounidense en las Naciones Unidas introdujo
su pregunta, diciendo que esperaba la respuesta de un
humanista y no de un brasileño.

Ésta fue la respuesta del Sr. Cristóvão Buarque:

Realmente, como brasileño, sólo hablaría en contra
de la internacionalización de la Amazonia. Por más que
nuestros gobiernos no cuiden debidamente ese patrimonio,
él es nuestro.

Como humanista, sintiendo el riesgo de la degradación
ambiental que sufre la Amazonia, puedo imaginar su
internacionalización, como también de todo lo demás, que
es de suma importancia para la humanidad.

Si la Amazonia, desde una ética humanista, debe ser
internacionalizada, internacionalicemos también las
reservas de petróleo del mundo entero.

El petróleo es tan importante para el bienestar de la
humanidad como la Amazonia para nuestro futuro. A pesar de
eso, los dueños de las reservas creen tener el derecho de
aumentar o disminuir la extracción de petróleo y subir o no su precio.

De la misma forma, el capital financiero de los países
ricos debería ser internacionalizado. Si la Amazonia es una
reserva para todos los seres humanos, no se debería quemar
solamente por la voluntad de un dueño o de un país. Quemar
la Amazonia es tan grave como el desempleo provocado por las
decisiones arbitrarias de los especuladores globales.

No podemos permitir que las reservas financieras sirvan para
quemar países enteros en la voluptuosidad de la especulación.

También, antes que la Amazonia, me gustaría ver la
internacionalización de los grandes museos del mundo.
El Louvre no debe pertenecer solo a Francia.
Cada museo del mundo es el guardián de las piezas más bellas producidas
por el genio humano. No se puede dejar que ese patrimonio
cultural, como es el patrimonio natural amazónico, sea
manipulado y destruido por el sólo placer de un propietario o de un país.

No hace mucho tiempo, un millonario japonés decidió
enterrar, junto con él, un cuadro de un gran maestro.
Por el contrario, ese cuadro tendría que haber sido
internacionalizado.

Durante este encuentro, las Naciones Unidas están
realizando el Foro Del Milenio, pero algunos presidentes de
países tuvieron dificultades para participar, debido a
situaciones desagradables surgidas en la frontera de los
EE.UU. Por eso, creo que Nueva York, como sede de las
Naciones Unidas, debe ser internacionalizada. Por lo menos
Manhatan debería pertenecer a toda la humanidad.
De la misma forma que París, Venecia, Roma, Londres, Río de
Janeiro, Brasilia... cada ciudad, con su belleza
específica, su historia del mundo, debería pertenecer al mundo entero.

Si EEUU quiere internacionalizar la Amazonia, para no
correr el riesgo de dejarla en manos de los
brasileños,internacionalicemos todos los arsenales
nucleares. Basta pensar que ellos ya demostraron que son
capaces de usar esas armas, provocando una destrucción
miles de veces mayor que las lamentables quemas realizadas
en los bosques de Brasil.

En sus discursos, los actuales candidatos a la presidencia
de los Estados Unidos han defendido la idea de
internacionalizar las reservas forestales del mundo a cambio de la deuda.

Comencemos usando esa deuda para garantizar que cada niño
del mundo tenga la posibilidad de comer y de ir a la
escuela. Internacionalicemos a los niños, tratándolos a
todos ellos sin importar el país donde nacieron, como
patrimonio que merecen los cuidados del mundo entero. Mucho
más de lo que se merece la Amazonia. Cuando los dirigentes
traten a los niños pobres del mundo como Patrimonio de la
Humanidad, no permitirán que trabajen cuando deberían
estudiar; que mueran cuando deberían vivir.

Como humanista, acepto defender la internacionalización
del mundo; pero, mientras el mundo me trate como brasileño,
lucharé para que la Amazonia, sea nuestra. ¡Solamente
nuestra!

NOTA: Este artículo fue publicado en el NEW YORK
TIMES, WASHINGTON POST, USA TODAY y en los diarios de mayor tirada de EUROPA y JAPÓN.

Pero en BRASIL y el resto de Latinoamérica, este artículo no fue publicado. Ayúdenos a divulgarlo.

Gracias