EPIGRAFE. IV
Genio
R. Lobo.
Mediante
y a través de varios epígrafes, pretendo iniciar un análisis sobre eso que
varios historiadores han denominado “la rebelión” contra el culto a los ídolos
patrios, el país está en vías de una transición, no solo política, sino también
cultural, histórica e intelectual, el entenderla para llevarlo no solo a la
prosperidad productiva y económica, sino también cultural constituye una
iniciativa fundamental, hacia allá mi análisis.

Siguiendo
a Tomas Straka en su obra, La épica del descontento, me referiré a: German
Carrera Damas, Elías Pino Irturrieta, Guillermo Morón y Manuel Caballero.
Instauradores de una “rebeldía” histórica.
“Así, como quien sale a la calle con el
uniforme del mariscal del abuelo, para ocultarse bajo sus galas, de ese modo
Venezuela ha hecho del historicismo la base
ideológica de su proyecto como nación.” (La épica del descontento. Tomas Straka)
“desde la
década de 1840, un grupo significativo de venezolanos se ha preguntado, seriamente,
sobre las bondades del “culto” al Libertador y su Gesta Histórica, así como
sobre su conveniencia para la construcción de un modelo de vida colectiva” (La
épica del descontento. Tomas Straka)
“¿Por qué un venezolano no puede simplemente
disentir de Bolívar, como en efecto lo hemos hecho tantas veces, como lo
hicimos entre 1826 y 1830, y por eso no
convertirse en una especie de traidor a
la patria? (Tomas Straka, La Épica del Desencanto)
¿Por qué toda propuesta debe buscar coincidencia con el Libertador
para que sea legitima? (Tomas Straka, La Épica del Desencanto)
“La historia es la memoria colectiva de la
humanidad, es el análisis del desarrollo de los hombres en sociedad, y eso no
puede reducirse a un solo hombre por muy influyente que haya sido”
(La épica del descontento.
Tomas Straka)
“Entre 2003 y 2007 pasó un
hecho sin precedentes en la historia republicana de Venezuela. Mejor dicho: sin
precedentes en la historiografía que los venezolanos hemos escrito,
enseñado y aprendido desde que nos constituimos como república independiente,
de forma definitiva, en 1830. Los cuatro historiadores vivos más importantes de
la hora publicaron sendos ensayos para denunciar y sobre todo deslindarse de lo
que, hasta entonces, mayoritariamente había entendido la sociedad venezolana
como la más preciosa de las herencias del Libertador. Es decir, se deslindaron
de ese almácigo de ideas, que desde hace siglo y medio se han mostrado susceptibles
de las más variadas y hasta contrapuestas interpretaciones, a las que de forma
general hemos llamado bolivarianismo; ideas, ahora más que nunca, cuando
república hasta se apellida en su título oficial de “bolivariana”, proclamadas
como las fuentes nutricias de nuestro ser como nación….O lo que es lo mismo:
por primera vez desde la década de 1840, un grupo significativo de venezolanos
se ha preguntado, seriamente, sobre las bondades del culto al Libertador y su Gesta
Heroica, así como sobre su conveniencia para la construcción de un
modelo de vida colectivo.” (Tomas Straka. Ibid).
“El culto a Bolívar, esbozo para un estudio de la historia
de las ideas en Venezuela”, “El
bolivarianismo-militarismo, una ideología de reemplazo”, de Germán Carrera
Damas,
“se
trata de un problema de envergadura: el de la redefinición de nuestro proyecto
como país, el del modelo de democracia que en cuanto tal queremos y el del rol
que la memoria del Libertador puede tener en la misma Una memoria que si bien
en 1842, en 1883 o en 1910 sirvió como una especie de tabla de salvación para
darle cierta cohesión a una república que hacía aguas, y que ahora, cuando ya
la nacionalidad y la república –o al menos determinada idea de ellas– están al
margen de toda duda, algunos sectores, sobre todo los más vinculados con lo que
representó el ensayo democrático, civil y en términos generales liberal que se
vivió de 195a 1998, ven como una amenaza para la libertad.” Ibid
“la gesta heroica, la Edad de Oro de
los Padres de la Patria tuvo el poder de un antídoto milagroso: “seremos porque
hemos sido”, la solución del “optimismo lírico” frente al “pesimismo sistemático”7. Por eso fue que la Historia Patria
y su bolivarianismo pudieron convertirse en la “filosofía” del Estado
venezolano.”.
“El
problema está en que lo que sirve para una cosa no puede ser de automático
usado para la otra, y el bolivarianismo que en 1860, en 1880 o incluso en 1910,
era una salvación, para 1970, por poner la fecha en la que se edita por primera
vez el demoledor El culto a Bolívar de
Germán Carrera Damas, que pone un antes y un después en nuestra historiografía
y sobre todo en nuestra manera de relacionarnos con la memoria del Libertador,
ya no lo resulta tanto. Más aún: ahora puede ser una amenaza para que esa
nación ya consolidada se atreva a caminar sin el tutelaje de su Padre Fundador…
y en rigor sin ningún tutelaje más. Es decir, para la construcción del nuevo
proyecto: el democrático.”
“la libertad recién inaugurada en
1958, pronto refrendada por la autonomía universitaria y por la libertades de
cátedra y de expresión, fue tal que se pudo pensar sin restricciones; tanto, que se pudo romper con
la “filosofía política” del Estado y, en muchas ocasiones, hasta alzarse
francamente contra él, promoviendo la revolución socialista de corte
marxista-leninista, sin grandes temores a ser encarcelado, (sobre todo después
de la pacificación de la guerrilla en 1968) y sin ninguno a ser removido del
cargo o censurado en sus publicaciones. Esta historiografía no sólo esperó dar
respuestas a los nuevos retos de la democracia –y en muchos casos, para la
construcción del socialismo, comoquiera que muchos de sus portavoces eran
marxistas– sino que era hija de dos aspectos directamente atribuibles al
proceso de modernización y democratización que se inicia en 1936 y que hace
plena eclosión entre 1945 y 1958: el de la profesionalización y
disciplinamiento del oficio de historiador”. (Boletin Academia Nacional de la
Historia).
Elías Pino Iturrieta El
divino Bolívar, ensayo sobre una religión republicana “es un libro revelador de un tiempo y de un autor, porque
une dos de las vertientes de su obra pocas veces comunicadas entre sí –la
política de actualidad y la historia de la ideas, porque la historiografía es
parte integral de ellas– para entender a Venezuela, la de ayer y la de hoy. La
circunstancia de una Venezuela en la que el bolivarianismo ha cobrado inusitado
vuelo, y que además lo ha cobrado de un modo que parece confirmarle la tesis
con la que abre fuegos desde la primera página: la de “los prejuicios que puede
acarrear a la sociedad la sobrestimación de los pasos de un héroe por la
historia”, lo enfrentó al culto a Bolívar, senda abierta por Germán Carrera
Damas hacía treinta años y no muy transitada por otros hasta entonces.” ,,,, “Lo
llevó, es decir, al problema teórico de cómo un mecanismo ideado por la
sociedad para sobrevivir –el culto al héroe– puede llegar a convertirse en una
amenaza para su existencia. En, retomemos la frase de Marx, una especie de
opio, que primero le calma los dolores y le amansa los pesares, para después devorarle
las entrañas, poco a poco. Pero no sólo por el interés en la indagación teórica,
sino también –y sobre todo– para brindar herramientas con que revertir la
situación. Porque el problema, sostiene, no es que los pueblos tengan héroes
para cohesionarse en una identidad: el problema es que sean incapaces de
caminar sin su tutela y, peor, que se cobijen bajo su sombra para eludir sus
desatinos, como esos adultos que jamás logran madurar ni deslindarse de la
falda de su madre” (Tomas
Straka. Ibid).
“La
posibilidad de observar con ojo crítico algunos aspectos del culto apenas
existe cuando de la manipulación de sus contenidos surge una patología”,,,,” Una patología: eso es justo lo que
ve y denuncia en el muy adolorido ego de la república venezolana, así como en
los mecanismos de defensa que se ideó. “La república naciente, convertida en
desierto por la inclemencia de la guerra, debe acudir al pasado próximo para
sacar de sus hechos la fuerza necesaria en la inauguración del camino”; sí: “en
la epopeya que acaba de terminar encuentra abono un sentimiento susceptible de
unificar a la sociedad, mientras se pasa de la pesadilla de los combates a la
pesadilla de un contorno agobiado por las urgencias” ” (Tomas Straka. Ibid).
“Chávez,
que le cambia el nombre a la república, apellidándola “bolivariana”; que en su
visión de la historia considera como perdido todo el siglo y medio, los casi
ciento setenta años que van desde la secesión de Colombia a su advenimiento al
poder, con lo cual, entre otras cosas, se desdice de los logros que tentativamente
pudo tener el ensayo civil y democrático que lo precedió; y con lo cual,
además, vuelve a depositar en la casta guerrera de los Libertadores los valores
sustanciales de la nación, como hicieron todos los gobernantes militares (y
muchas veces dictatoriales) de antes; Chávez, que es prolijo en gestos y frases
bolivarianas, que jura ante al Samán de Güere una versión libre del Juramento del
Monte Sacro, para después hacérsela recitar a sus seguidores; que lanza
parrafadas, según Pino, con la entonación, pero sin el vuelo, de Eduardo
Blanco,
mientras habla de socialismo; que es
considerado por los espiritistas una reencarnación de Guaicaipuro y del
Libertador; viene a ser algo así como la consumación de la “patología”. (Tomas Straka. Ibid). (Boletín Academia Nacional de
la Historia. )
Manuel Caballero. “…no soy
bolivariano por la misma razón que no soy antibolivariano. Es decir que no creo
que quien pretenda escribir un análisis, llámese histórico, político,
sociológico, filosófico o todas esas cosas unidas, deba adoptar una actitud
semejante. Y eso, ni siquiera con referencia a la más relevante personalidad
posible: se puede escribir una historia cristiana o por el contrario anticristiana;
es también posible escribir una historia mahometana o antimahometana. Pero en
ambos casos, queda claro que (cualquiera que sea su dimensión) se estaría
escribiendo un panfleto político, filosófico y hasta histórico, pero no se
estará frente a un libro de historia. Porque la historia es la memoria
colectiva de la humanidad, es el análisis del desarrollo de los hombres en sociedad; y eso no puede
reducirse a un solo hombre, por influyente que haya sido” (Ibid)
Bolívar había sido fundamentalmente
usado por regímenes autoritarios y militares, que es como decir todos los que
tuvo Venezuela en su primer siglo de vida independiente (bolivarianos fueron
Guzmán Blanco, Gómez, López Contreras y, en un grado algo menor, Pérez Jiménez)
como pábulo para el orden y la unidad, acaso las necesidades más urgentes de
aquella república tan joven como tambaleante; sus glorias guerreras eran
presentadas como los antecedentes de las de los generales de turno al mando,
que se presentaban a sí mismos como sus herederos en la construcción de la
patria grande; su vida castrense se enseñaba en la pedagogía cívica (mejor:
cívico-militar) como el muestrario de los valores de la nación; su épica como
la cartilla del nacionalismo frente a las ideologías “disolventes”, bien sea el
comunismo en el siglo XX o, como antes de que éste apareciera en escena,
simplemente para que “cesaran los partidos”, frase que hábilmente manipulada
siempre le vino bien a cualquier dictador. Pues bien, aunque los regímenes
civiles que se suceden en el poder entre 1958 y 1998 no abandonaron el culto
bolivariano, ya esencial en la identidad de los venezolanos, ciertamente que lo
mesuraron, entre otras razones, por la ya dicha: porque lo que sirve para
apuntalar a unos regímenes autoritarios, no puede servir igual para uno que
puso a la libertad entre sus valores fundamentales. Y, también, porque los
grandes retos del bolivarianismo inicial ya estaban superados: la unidad de la
nación y un orden meridianamente estable como para encaminarla en una dirección
determinada, eran ya una realidad que no requería de la epopeya para
legitimarse, o eso al menos pensó la elite. En parte la resurrección del bolivarianismo,
ahora vuelto, como ya veremos, “ideología de reemplazo”, la sorprendió tanto
como su gran eficacia para seguir concitando voluntades. Evidentemente, por lo
menos vistas las cosas desde esta perspectiva, la mayor parte de los
venezolanos mantenían una especie de desfase entre su conciencia histórica, que
seguía funcionando en la clave de la Historia Patria tradicional, y su realidad
histórica, que ya requería de otras herramientas conceptuales y valorativas
para ser interpretada y transformada.” (Ibid)
Analizar,
revisar esa Historia Tradicional no es derrumbar los valores históricos, no es
tratar de hacer desaparecer en la memoria nacional los héroes, es conseguir que
el ciudadano, con una visión distinta, conseguida a través de una historiografía
cierta dejen de ser “incapaces de caminar sin su tutela y, peor, que se cobijen
bajo su sombra para eludir sus desatinos, como esos adultos que jamás logran
madurar ni deslindarse de la falda de su madre,”
Guillermo
Moron “una República cuyo fundamento es el pueblo con memoria y
sin mito: Una república en la que el pueblo
se dirija solo, como un adulto, como un colectivo libre, como lo requiere la
democracia. Sí, ¡qué forma tan monda
y lironda de explicar los objetivos de esta
“rebelión”!
Próxima
entrega. “Hoy más que nunca se justifica “la rebelión” contra el culto a los
héroes?, o continuamos bajo la sombra tutelar eludiendo responsabilidad histórica?,
por el contrario nos sumamos a “ideología de reemplazo”.
(genioloboenpositivo.blogspot.com)